¡Mi Escuela cumple 100 años!

Por  José Manuel Bignotti (Egresado)

Si, dije bien. MI escuela, parafraseando a Alberto Cortéz cuando dice que “…aquello que amamos lo consideramos nuestra propiedad. Porque la Escuela Nº 17 “Diógenes J. de Urquiza” fue, es y será MI Escuela.

Yo ingresé como alumno de Primer Grado Inferior (en aquella época existían Primero Inferior y Primero Superior y el último grado era Sexto), en marzo de 1959, con aún cinco años de edad, pero la Directora y las maestras considerando que faltaban pocos días para que cumpliera los seis años y que ya sabía leer y escribir me inscribieron.

El local de la Escuela en ese entonces estaba sobre el boulevard Humberto Primo y era una antigua casona propiedad de la familia Chiovetta que el estado alquilaba para utilizarla como escuela (al igual que la escuela Tavellla), por ese motivo es que la escuela también es conocida como “la Chiovetta”. Actualmente ese local está utilizado como un lavadero de autos y cochera y en su frente locales comerciales.

Como las habitaciones no eran suficientes para albergar todos los grados el Sexto Grado funcionaba en la esquina de Humberto Primo y Avellaneda (donde ahora funciona un Jardín de Infantes), por lo cual debíamos estar  atentos al sonar de la campana que indicaba el comienzo y finalización de los recreos.

Concordia y el barrio eran muy diferentes en aquel entonces. La ciudad terminaba literalmente en los boulevares. El cementerio Nuevo estaba fuera de la ciudad como tal y llegar al cañaveral de Ríboli para buscar cañas para nuestras pandorgas era una verdadera expedición. Las calles eran de tierra y nuestros inviernos para ir y regresar a y de la escuela eran pisando la escarcha en las cunetas hasta el mediodía.

Cuando pude ingresar al viejo local en que funcionó MI escuela querida se me vino el alma al piso. Y no era para menos cuando me encontré con ese espectáculo.

 

Ya no estaba el inmenso paraíso que ocupaba el centro del “patio”, ni las galerías, ni las aulas. Pero si estaban mis recuerdos intactos del paso por ese lugar emblemático y algunas fotos como soporte a la memoria.

Mi primera maestra fue Dorita Romano, normalista como todas sus colegas. Impecables todas, con lluvia, viento o tormenta jamás faltaban.

Si por alguna razón de enfermedad o fuerza mayor una maestra faltaba la Directora o la Vice se presentaba en el aula, miraba el libro de temas y continuaba dando las clases como si nada. En Quinto Grado ya resolvíamos multiplicaciones y divisiones con varios decimales y en Sexto Grado resolvíamos raíces cuadradas, problemas de regla de tres simple y compleja (todo con papel y lápiz…no existían las calculadoras), y era inadmisible que tuviéramos errores de ortografía.

Éramos pobres, si. Hijos e hijas de obreros y empleados del ferrocarril, frigorífico, zafreros o changarines. La vieja escuela no tenía baños, apenas un único excusado para todos/as, mucho menos calefacción ni ventilación.

La ciudad fue creciendo y la barriada también. Los espacios en la escuela no eran suficientes y no había respuestas estatales a esas necesidades. La respuesta la tuvieron que afrontar los padres y las maestras. Primero se subdividieron las salas con tabiques de chapadur y posteriormente se construyó una casilla prefabricada en el patio para contar con más aulas. Los fondos provenían de lo recaudado en fiestas, kermeses y bailes organizados por la incipiente Cooperadora los fines de semana, en los que las maestras atendían la cantina y los padres y madres preparaban las comidas y hasta las orquestas.

Expertos en biología nosotros, ya que si la maestra nos presentaba una lámina del esqueleto humano y nos decía que no contaba con los elementos reales al otro día le llevábamos los huesos que “rescatábamos” del cementerio viejo tan cercano a la Escuela.

En Sexto Grado logramos transmitir código Morse de una punta a otra del aula con un equipo fabricado por nosotros mismos con ayuda de nuestros padres. Derrotamos a Capuchinos (nada menos!), en la Justa del Saber porque nuestra maestra tutora consiguió en préstamos todos los tomos de la Historia de Entre Ríos y nos pusimos a estudiar y memorizar cada acontecimiento junto con ella.

Fue recién en los años ’70 que la Escuela tuvo su actual edificio y no lo logró por obra y gracia del azar, sino por la insistente gestión de aquella incipiente Cooperadora (de la que mi padre fue presidente), y que no cejó jamás en el reclamo de un edificio propio y digno.

Uno de mis hermanos y mi hijo somos egresados de la gloriosa Escuela Nº 17…”LA CHIOVETTA”. Ahora vivo frente a ella, he visto su evolución, su historia corre por mis venas. Tengo mil historias y anécdotas para contar. Se “me pianta un lagrimón”…como dice tango cuando abro la ventana y la veo. Es MI Escuela, MI amada Escuela…”la Universidad Chiovetta”…al menos para mí.

 

 

Redaccion-Uno

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