Si hay un cielo… (A Ramonita Ramírez de White in memoriam)

Por Rubén Bonelli

Me protegió como una escudera frente a la adversidad de la horfandad. Apenas cumplí los quince años, mi vieja se iba de este mundo por el maldito cáncer. Tres años más tarde, mi viejo la seguía. Su corazón no aguantó tanta tristeza y soledad. Es así que llegué a mi mayoría de edad sin ellos y para colmo con mi hermana exiliada en plena dictadura.

Fue el comienzo de andar errante por la vida, sin rumbo fijo, negando las ausencias durante un tiempo. La calle y mis pocas amistades como sostén. Hasta que ella, Ramona, una mujer como pocas, comenzó a compartir un plato de comida y su familia conmigo.

Me queda en mi retina, su fe profundamente católica. De las que dan ejemplo mediante la práctica y no la prédica. De su complemento a la enseñanza que me dieron mis padres en el poco tiempo que los tuve. De su guía, de sus consejos. De que nunca hay que bajar los brazos.

Ella sabía de mis desvelos. De mis noches de insomnio, recordando una y otra vez el porqué me había tocado a mi tanta pérdida de niño. De tanta tristeza. Fue por eso quizás que me ofreciera vivir un tiempo junto a su familia. Tiempo que llegó hasta el día que nunca voy a olvidar. “Te ayudé a que crezcan tus alas”, me dijo. “Es tiempo de volar. Ya es tiempo de que te valores vos mismo. Tiempo de que vivas solo. Para ello te presto una cama y una biblioteca”.

Y es así que fui a vivir a una pensión de calle Carriego. Como única compañía una vieja radio, que intercalaba con la lectura. Así fui madurando, creciendo. Entré a la vida de un boleo. Terminé la secundaria que había dejado años atrás. Pero terminé en la calle por tener un cuadro del “Che Guevara” en mi pieza. El propietario de la pensión era un conservador, antiperonista y adherente de Udelpa (Unión del Pueblo Argentino), fuerza creada por Aramburu allá por 1962.

Volví a ver a Ramona nuevamente. Devolví la biblioteca que tanto colaboró en mi desarrollo intelectual. Pasaron unos años y decidí continuar estudiando. Fue así que obtuve mi título terciario, que me dio ingresos y estabilidad laboral.

Nunca olvidé su cariño de segunda madre. Aunque en forma esporádica, nunca me olvidé de pasar a saludarla y de agradecer lo mucho que significó para mí. Me considero un sobreviviente, que sin el apoyo de esta extraordinaria mujer, no sé a ciencia cierta que pudo ser de mi vida. Era tan grandiosa, que su cuerpo le quedaba chico. Tenía tanto amor que ya no cabía en su corazón cansado.

Hoy 24 de febrero, recibí la noticia de que se estaba por ir. Que estaba entrando en coma en un sanatorio de Concordia. Inmediatamente salí raudamente desde Puerto Yeruá. Ingresé a la Guardia del nosocomio. Ella estaba ahí. Recostada con una máscara de oxígeno y suero. Su cuerpo incólume, como en un sueño. Tomé su mano. Ausculté sus últimos latidos y se fue.

Si hay un cielo, seguramente se lo ganó en buena ley. Partió este jueves, justamente cuando mi viejo estaría festejando su cumpleaños número 89. Casualidad?. No lo sé.

Lo que sí se, es que su recuerdo vivirá en mí hasta el final de mis días. Que la recordaré con alegría. La recordaré con sus consejos. La recordaré con sus retos. La recordaré, mientras tenga vida…

Redaccion-Uno

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