El tipo que aprendió a volar

Por Germán Margaritini (Facebook)
“El tipo quería volar. Hacía no menos de cinco años que se le había puesto la idea. Desde el día que se dio cuenta que la Flaca no podría volver y que ese hueco que le quedaba en la cama, en la cocina, en el living, siempre, siempre iba a ser hueco. Cosas de este mundo o al decir de Quijote “cosa vedere”, las personas tienen dos tamaños: uno el físico y otro, bueno, el otro vaya a saber cómo llamarlo, ese que tiene que ver con todo lo que no es físico. Y la Flaca, tan chiquita, tan esmirriada, tan puro hueso. Y tanta risa, y tanta dulzura, y tanta certeza, y tanto cuidado, y tanta compañía. Ese tamaño que no tiene un nombre adecuado, pero que se entiende muy bien cuál es. Y de ese vacío el tipo no se pudo escapar. Ese vacío tuvo que haber creado el espacio de la idea de volar. A quién se le puede ocurrir tal cosa, hace falta estar lleno de algún vacío como ese. O de otros vacíos. Puede haber varios vacíos. Imaginó volar. Pensó en la brisa que le iba a refrescar los cachetes. Tenía que hacer fuerza para que le crezcan las alas. Eso iba a ser lo más difícil, y aprender a usarlas, porque un hombre no viene dotado de tales elementos y, por lo tanto, no sabe usarlas. Así que debía esmerarse en hacer que aparezcan las alas con plumas que debían ser blancas. Blancas y brillantes. Alas grandes. Cubiertas de plumas, muchas plumas fuertes. Sus huesos ya eran livianos como los de los pájaros, eso simplificaba la tarea. Las alas crecían por la noche, con los sueños. Tuvo sueños con alas gigantes y, tal como había sospechado, fueron esos sueños los que estimularon que las alas crecieran. Al principio eran chiquitas, podía disimularlas bajo los sacos que le quedaban grandes”.
“Entonces iba al banco, o iba al supermercado, o a pagar alguna cuenta, disimulándolas bajo la ropa holgada. Nadie se dio cuenta que le estaban creciendo alas. Y el tipo andaba feliz porque pensaba en la sorpresa de todos cuando de buenas a primeras volara así como así. Tuvo que ensayar, claro que disimuladamente, tenía que ser una sorpresa. Volaba cada noche, en cada sueño. Deseaba. Los deseos son deseos, vienen, nadie sabe de qué lugar y se instalan. Los deseos son deseos y hay que cumplirlos. Eso pensaba. Quiero volar y voy a volar, eso se oía decir a sí mismo. El vacío que lo llenaba era el laboratorio. Ahí entrenaba la posición para despegar, la cantidad de fuerza que requería desplegar y empujar el aire hacia abajo con semejantes alas. Practicaba mirar al sol de la tarde del mes abreviado. Eso estaba en los planes, mirar el sol. En ese vacío que llenaba todo completó su obra. Las alas estaban completas. No las podía disimular. Ya no salió. Ya no habló por teléfono. Tan apegado a ese aparato, dejó de usarlo. Y ese espacio que nadie sabe como llamar, pero todos sabemos cuál es, el que el tipo conocía muy bien, se replicó. El tipo también fabricaba su propio espacio. Hacía años de años que venía haciendo crecer el suyo. Ese espacio inundó a mucha gente”.
“Supo, en ese momento, por esa lucidez que entra por los ojos cuando los párpados se achinan, como si se tratara de una hendidura que se crea para que entren nada más que las ideas claras, supo, en ese momento que ese inmenso espacio iba a quedar lleno de otro vacío. Le sirvió para seguir adelante con su empresa. Y llegó esa tarde, de ese lunes, de ese mes abreviado. Miró al sol. Desplegó las alas blancas, brillantes, impactantes. De tanta emoción olvidó quitarse los mocasines marrones. Esperó el viento favorable. La ventisca cálida que todo buen navegante o piloto desea. Y casi no hubo esfuerzo. Miró al sol y se elevó”.

Redaccion-Uno

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