La impactante historia de una mula del narcotráfico: el cuerpo de la madre y de la hija
13/10/2019

Policiales

La impactante historia de una mula del narcotráfico: el cuerpo de la madre y de la hija

Poner el cuerpo. El suyo y el de su hija. Esa era la propuesta; le dijeron que estaba “todo arreglado” y se la jugó. Su cara, marchitada pese a tener un poco más de treinta años, temblaba mientras se consolidaba la incertidumbre. De fondo, la ruta oscurecida por los árboles frondosos en la banquina, apenas dejaban ver la forma sinuosa del camino entre sierras.


 

Por Hugo Macchiavelli (*)

Ella esbozó una leve sonrisa de complicidad hacia sus hijas para intentar ocultar su nerviosismo. Soñaba verde y hacía cuentas de todo lo que podía resolver con mil dólares, el diez por ciento de lo que transportaba. Dejó atrás la duda por una migaja del sueño americano.

Envolvió a una de sus hijas en cocaína y a la ruta. Había llegado desde Bolivia en busca de un futuro mejor en la Argentina y fue famosa por un día. Algunos medios locales decían: “Gendarmería incautó cocaína adosada al cuerpo de una madre y su hija”. Nadie se sorprendió.

Tan volátil, la noticia se esfumó en el efímero mundo virtual y en esos diarios que solo sirven para envolver huevos. En ese recorrido por Salta, la provincia con la frontera más vulnerable al narcotráfico, este periodista pudo acceder a un material exclusivo donde se ve cómo a un “camello” (se llama así cuando un traficante lleva más cargamento de droga que una “mula”) le sacaron de entre las tripas más de 100 cápsulas de cocaína. Fue operado porque se moría.

Hace unos meses, el juez Federal de Salta, Raúl Reynoso, el funcionario que debe hacer justicia contra el narcotráfico en esa región, acaba de ser condenado a 13 años de prisión por complicidad con uno de los carteles internacionales.

“Los gendarmes observaron el estado de nerviosismo de una mujer de 30 años que viajaba con un bebé de seis meses”, dice el parte de prensa oficial. Quise saber más. Entonces supe que solo una madre muy desesperada puede ocultar droga en los pañales de su hijo. Contra natura.

Los animales, excepto la hiena, cuidan a sus crías arriesgando su propia vida. Todas las especies lo repiten, menos esa mujer que nació hace poco más de tres décadas en Bolivia, un país con un promedio de vida de 50 años.

Sin conciencia y con el estómago vacío, la mamá llenó su panza y el pañal de su bebé de cápsulas de cocaína y quiso llegar a Buenos Aires.

La doctora Grete Bloch, dermatóloga, dice que poner cocaína o un objeto entre un pañal y la piel de un bebé puede ser mortal y deja marcas imborrables.

Huellas que el bebé ya tiene inscriptas en su inconsciente bajo el estigma de ser esclavo del narcotráfico. Plantar cocaína en un hijo parece una metáfora de nuestra defección.

“Ponen su vida y a su familia a disposición del narcotráfico”, señaló un especialista. Consultado por A24.com, este funcionario de las fuerzas de seguridad dice que ese fenómeno se repite cada vez más.

En la India, muchos padres mutilan a sus hijos para hacer más rentable el pedido de limosna de quienes nacen y mueren en las calles. En Medio Oriente, algunos chicos portan armas desde que nacen mientras se preparan para inmolarse.

En nuestra región, las propias madres alistan a sus hijos como traficantes. Son miles de personas que cada año tratan de pasar la frontera con el estómago lleno. Su nombre viene de los años 70, cuando los narcos utilizaban estos animales para el contrabando de marihuana.

Correos humanos, el tráfico con mulas de cocaína no tiene estadísticas: se sabe que, por una detenida, hay muchas más que logran pasar. Para los narcotraficantes este transporte es muy efectivo, porque se engaña a los perros y a los sistemas de control.

La metodología se repite. Los reclutadores buscan personas sin destino y sin antecedentes penales para evitar riesgos en los controles. Eso pasó en el último operativo denominado Operación Bachata.

Investigado por el juez federal Ariel Lijo y su equipo del Juzgado Federal 3 de Comodoro Py, se detuvo a oficiales de la Policía de Seguridad Aeroportuaria (PSA) por hacer “la vista gorda” para dejar pasar las valijas con cocaína con destino a España.

Por primera vez se encontró una organización criminal que producía “cocaína rosa” entre nosotros, una droga de diseño tipo lisérgica utilizada en las fiestas más lujosas de Europa.

La banda mixta y multifuncional (dominicanos, colombianos y argentinos) se dedicó, a su vez, la trata de personas y la venta de pasaportes truchos: “una avanzada de carteles narcos más importantes de la región que prueban hasta donde se puede penetrar en un país”. Para eso necesitan mulas.

Y en este caso, la organización criminal hizo un casting, en el barrio Ejército de los Andes, más conocido como Fuerte Apache. Allí encontraron a jóvenes sin antecedentes y “nada que perder”. Y los reclutaron.

 

La preparación

 

A las mulas que ingieren las drogas las preparan con anticipación. Les enseñan a tragar trozos de zanahoria, salchichas y uvas sin masticar para ejercitar al esófago y evitar vómitos.

Dos días antes de viajar, la mula tiene que suspender la ingestión de sólidos y tomar solo caldo. Entonces se envuelve la cocaína en cápsulas de los dedos de guantes quirúrgicos, con tres capas: dos de guantes y una de papel carbón para despistar rayos X escáneres.

Se atan con hilo dental y se sumergen en miel. Para que las mulas resistan un viaje de doce o quince horas, los traficantes les aplican un medicamento que retarda los movimientos digestivos y que actúa como tranquilizante.

Saben que tienen que pasar por delante de ojos atentos a su manera de caminar, sus gestos, su ropa.

Las mulas llegan extenuadas a destino: no han comido ni dormido después de tragar las cápsulas (que les llevó varias horas). Llenos de sueño, tienen los ojos vidriosos. No pueden evitar el bostezo. Se nota.

La mujer boliviana (no se puede decir su nombre por razones de sumario) tiembla de ansiedad, angustia y esperanza. Se traslada a la capital de Jujuy.

Utiliza fajas elásticas para ocultar los paquetes con droga. No alcanza: Gendarmería Nacional está revisando vehículos en el control Puesto del Marqués, sobre la Ruta Nacional 9, en Jujuy.

Los integrantes del Escuadrón 21 detienen la marcha de un ómnibus procedente de La Quiaca que se dirigía a San Salvador. La mamá lo presiente y se hace visible. Los gendarmes la hacen bajar.

Deciden revisarla a ella y a las chicas y “descubren 4 kilos 350 gramos de cocaína transportados ocultos en la cintura de ella y de una de sus hijas de 10 años”. La llevan a un improvisado cuarto para sacarles la cocaína de la cintura. Queda detenida.

El parte de prensa de Gendarmería termina así: “Al efectuar los controles, los gendarmes observaron el estado de nerviosismo de la mujer de 35 años que viajaba con 2 niñas”. Y el parte continúa: “Con la intervención del personal femenino de la Fuerza se constata que tanto la madre como una de las menores de tan solo 10 años, tenían adheridas en la zona de la cintura ´fajas´ elásticas que sostenían paquetes con cocaína”.

Intervino el Juzgado Federal de Jujuy. Nadie sabe cómo terminará una madre que ha decidido iniciar a su hija en la vida de una mula. Y a dónde irán las niñas. Solo se conoce que un ser humano puede cargar hasta un kilo y medio de cocaína en su organismo.

Y que tiene de uno a dos días para expulsar las cápsulas. Cumplido ese plazo empieza la cuenta regresiva y hay riesgo de muerte porque los jugos gástricos comienzan a romper las cápsulas.

Cada tanto aparece una mula muerta cuyo cuerpo nadie reclama. Antes la abrieron como un sapo para sacarle el cargamento más cotizado que la vida. Si sobrevive y no es descubierta, la mula cobrará mil dólares por su viaje de ida.

Mientras tanto, en otro micro muy cerca de ahí, otra mujer viaja con su bebé. Lleva cápsulas en su estómago, dentro de un envase de yogurt, de un acolchado y entre los pañales de su hijo.

El comunicado de prensa se repite una y otra vez: “Gendarmería Nacional detuvo a una mujer de nacionalidad boliviana que viajaba en un ómnibus trasladando cocaína bajo la modalidad de capsulero. El hecho ocurrió en la localidad jujeña de Tres Cruces. Los integrantes del Escuadrón detuvieron la marcha de un ómnibus que se dirigía desde La Quiaca hacia la Ciudad de Buenos Aires. Los gendarmes observaron el estado de nerviosismo de una mujer de 30 años. Durante el control, el personal de la Fuerza constató que el menor llevaba oculto en los pañales 25 cápsulas con cocaína”.

Al continuar con la requisa los uniformados hallaron en un recipiente de yogurt y en un acolchado, propiedades de la mujer de nacionalidad boliviana 26 cápsulas más. Posteriormente el personal femenino constató que la madre del pequeño transportaba debajo de su corpiño otras 60 cápsulas.

La mujer fue trasladada al hospital de La Quiaca para ser examinada y en las placas radiográficas se detectó la presencia de seis cápsulas alojadas en su estómago. En total fueron 117 cápsulas con un peso de un kilo 290 gramos de cocaína. Intervino el Juzgado Federal de Jujuy”.

Y más tarde intervendrá un juzgado de menores que deberá decidir sobre el destino de esas niñas usadas como mulas bebés.

 


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